Yo era el viento. Recuerdo un día cuando desperté sobre una rama que golpeaba una ventana y en la punta una nueva flor blanca acariciaba un espejo mientras partía de la rama a la cama, la empuje sobre la almohada y se quebró en tres partes, la hice rodar por encima del cajón y yo me guarde en una cajita como un secreto invisible. Ella entro en la habitación ronroneaba como el gato que se acariciaba con las paredes, se apartaba y abría el viento con la boca y entonces me encerraba por un largo tiempo y jugaba entre sus muelas, yo tocaba el piano de sus dientes violentamente con su lengua que hacía de mis ventosas manos una extensión a sus cuerdas vocales que exhalaban aquella melodía inspirada en el sonido empírico que se procede en ese instante que la ola es amante de la roca porque se sabe soberbia, pero se entrega inmóvil y no exige mayor voluntad que la quietud que le ha sido proporcionada y se deja, se gasta y entonces vuelvo y amo sus ojos y respiro su aliento y le acarició los dedos, los estiro, rodeo su cuello y envejezco posado en sus hombros. Me retiro y bajo por su columna, abrazo la cintura firmemente la ajusto y aprieto. Me desgarro. Caigo por sus muslos que son dos toboganes al paraíso del pasto húmedo y la tierra floja penetrante, entonces me clavo fracturando el aire que es más veloz que sus ojos y me alcanzan en plena caída, me sostiene como una flor muerta, una flor pantanosa y de colores fuertes, pero suave, abro sus dedos, muerdo las uñas, me las trago y espero que esto realmente le duela, pero no siente nada, entonces me mantiene cautivo en una mano fuerte y airosa y sus labios repiten una y otra vez: " el viento es el dialecto de los muertos"; ya no sé si soy viento, tal vez piedra. Me he sentido más libre en el árbol, cuando hacía equilibrio en las ramas, ahora no soy más que la palabra que antecede a la muerte, sin aire, sin voz y ahora ya no soy viento, ahora soy tuyo.