jueves, 18 de agosto de 2011

La niña semejante a ésta muerte

Estaba ahogada cuándo los pájaros dieron aviso. No hubo respiración, estaba falta de sonidos.
Espasmos la traían a la vida, cómo un juego de desgracia amordazada. La fuga del peso y la angustia cambiaron el rumbo, volátil despierta, se da una bocanada, cómo un circuito de permanencia su sangre comienza a recorrer la mía, ojos vagabundos, manos quebradas apartaron el pelo de los ojos para así poder verse, en esos otros, ojos almendras brillantes de caramelo, labios se estrellan, con ira, un desesperar yace dormido dentro mío, un inquieto cosquilleo se apresura, toma distancia, se embebe, escapa. Monta una sonrisa y se cree que es el suéter que recorre el cuello celoso de lenguas; cito estúpidas palabras al azar, mi ropa es montículo de piel a un costado de la cama, huele a sus manos, sabe a su boca, la cintura se acongoja por que pide que la sostengan, que mi columna fuese un hilo y sus brazos todo el suéter, todo el abrigo de las noches que carecen de invierno y de las horas faltas de sentido, de olvido el descuido mira de reojo, por si me olvido que el cielo es de color rojo, y las paredes de las calles son azules, las rejas son transparentes y las muerdo sin motivo, el tiempo se posa en espera, en coma el tiempo con un derrame, no hay terapias para el amor, no hay ojos de mentira en el amor, no creo tampoco en la pena del amor, se del deseo, de los nervios que causa la imagen serena del amor constituido por todas sus extremidades, se de las pieles, de la cáscara que posee y se del miedo. Hija del viento, amapola sembrada en su jardín, un impacto, un disparo, un sueño.

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